El poder de las palabras

5/8/20243 min read

Si has llegado hasta aquí, sabrás que soy un apasionado del deporte, de la comunicación y de la Psicología. Y de la lectura, en especial de las novelas de misterio y de terror. Uno de mis autores favoritos es Edgar Allan Poe, maestro de ambos géneros y que en más de una ocasión ha provocado que pasara noches en vela. El poder de las palabras, uno de sus célebres cuentos, me sirve como introducción al tema con el que he decidido iniciar esta serie de artículos sobre la psicología, el deporte, la adolescencia o cualquier inquietud que ose aparecer en mi cabeza. Sin noches en vela, lo prometo.

El cuento en cuestión está relatado como un diálogo entre Oinos y Agathos, dos espíritus, y es este último quien al inicio del mismo dice “You have spoken nothing, my Oinos,…” (“no has dicho nada”). Y ese era uno de los problemas que veía un entrenador con el que trabajé, que sus chicos no decían nada.

¿Por qué me gusta trabajar con adolescentes? Porque son como esponjas y, aunque en determinados momentos saquen de quicio a sus mayores, tienen una capacidad de aprendizaje y de cambio asombrosa. Cuando das con la tecla adecuada, el resultado es sorprendente. Lo sé, no siempre es así. Pero he de decir que, en los casos que me he encontrado, dentro o fuera del deporte, ha existido una predisposición por su parte que, a la postre, ha sido de gran ayuda en el trabajo realizado.

Te pongo en situación. Chavales de 14 y 15 años, practicando el deporte que les gusta con los compañeros que quieren. En general, son “buenos chicos”. Hacen lo que se les pide, ni una mala cara. Son aplicados y siguen, de la mejor manera que saben, las indicaciones de sus entrenadores. Y entonces, ¿cuál era el problema? El silencio jugaba en su contra.

El baloncesto es un deporte en el que el ruido es necesario. Una ayuda defensiva, un corte a canasta, un pase, un bloqueo del rival… multitud de situaciones requieren de una palabra en voz alta, casi llegando al grito. Forma parte del juego. Y los entrenadores habían percibido el hándicap desde el principio: “necesitamos que hablen más”.

Dicho y hecho.

Trasladada la inquietud y la necesidad, tocaba ponerse manos a la obra. Me tocaba aplicar aquello que había aprendido en todos estos años. Y la cuestión no era que gritaran por gritar o que hablaran por hablar. Se trataba de conseguir que entendieran que la comunicación era necesaria y que la incorporaran de manera natural a su manera de jugar. En el fondo, pensé, sin que se dieran cuenta.

Desde el día en que se dio voz a la problemática hasta el final de la temporada, el objetivo que nos planteamos fue, más allá de los resultados deportivos y la clasificación final, conseguir una mayor comunicación. Sin aburrirte con detalles, aplicamos algo, en teoría, sencillo como la “Economía de fichas” y se emplearon algunos de los ejercicios que se realizaban durante los entrenamientos para reforzar cada gesto comunicativo: una solicitud de ayuda defensiva, un aviso de un bloqueo, una iniciativa para que el compañero lanzara a canasta...

Mientras los chavales veían que se trabajaba un contraataque, en el fondo los entrenadores estaban entrenando la comunicación. Se validaba y premiaba a aquellos que hablaban, no a quienes exclusivamente metían canastas o robaran un balón. No se trataba de decirles “tenéis que hablar más”. Eso, per se, no funciona. Se trataba de construir otro juego alrededor del baloncesto en el que comunicarse también tuviera su recompensa. Y ellos, además, lo veían como un juego.

Asumible y apetecible.

Llegados al final de la temporada incluso decidimos experimentar con un juego para comprobar el progreso de los jugadores en la comunicación. Al final de los entrenamientos, se hacía un ejercicio de tiros libres: uno de los jugadores lanzaba a canasta y el resto debía de posicionarse a derecha o izquierda según pensaran que iba a meter o fallar el tiro. Quien acertaba se quedaba (incluido el lanzador si metía el tiro libre). Quien fallara tenía que correr de un lado a otro de la cancha (incluido el lanzador si erraba el lanzamiento).

Lo que era un simple juego acabó generando diálogos, risas, abucheos al que lanzaba, vítores de los otros, se animaban, se picaban entre ellos. Ruido sano.

No habíamos descubierto la pólvora. Ese ejercicio lo hacían, por ejemplo, los jugadores de la selección española de baloncesto. Empleo del denominado “modelado” de Albert Bandura. Aplicación de lo aprendido.

Y pude comprobar de primera mano la importancia de la comunicación, del diálogo y del entrenamiento en cualquier área. El poder de las palabras.

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